La familia Vila tiene contratada una chica, Rosmery, para ocuparse de la limpieza de la casa y atender a sus tres hijos por las tardes. Rosmery es extranjera no comunitaria.

Después de unas largas gestiones, Rosmery obtuvo hace unos meses el permiso de residencia por arraigo y fue dada de alta a la Seguridad Social por la familia Vila. Este verano, después de 4 años lejos de casa, Rosmery ha podido volver a su país para reencontrarse con su familia y sus amigos. Pasará allí dos meses.

En la ausencia de Rosmery, la familia Vila ha contratado a Martha, una amiga de la chica que la sustituye durante todo el mes de julio y parte de agosto. A diferencia de Rosmery, Martha trabaja por horas.

Martha trabaja 3 días a la semana en casa de la familia Vila, en jornadas de 4 horas. Cobra 11 euros por cada hora de trabajo. Puesto que trabaja en varios hogares, ella misma se hace cargo de los gastos de Seguridad Social.

Cuando termina la primera semana de trabajo, la familia Vila le entrega a Martha los 132 euros que le corresponden por 12 horas de trabajo, pero ella no los recoge. “Prefiero que me lo paguen todo de golpe a fin de mes”, dice ella.

Y lo justifica: “Vivo con mi hija de 3 años. Mi marido, mis padres y mis 6 hermanos están en mi país. Gano bastante dinero porque estoy en varias casas, y no trabajo más porque tengo la niña. Intento enviar cada mes 500 euros a mi familia, como mínimo. El resto me sirve para pagar la habitación donde vivimos, la comida, la ropa, la Seguridad Social, y a partir del año que viene la escuela, que por suerte es pública. No me sobra nada. Por eso prefiero cobrarlo todo a fin de mes. Porque si me llevo el dinero hoy, es más fácil que me lo gaste y pierda el control que tengo ahora sobre el dinero, y no me lo puedo permitir.”

El 29 de julio, la familia Vila le pagará a Martha 572 euros por 52 horas de trabajo. Ella prefiere que le paguen todo de golpe el último día laborable del mes.

Cuando me lo explicaron ayer supe de inmediato que me encontraba ante una impresionante lección de finanzas personales.

Martha tiene una conciencia absoluta de su situación económica, y conoce al detalle su situación económica. Sabe exactamente cuánto gana y cuánto gasta, y tiene clarísimas sus prioridades de gasto.

La gestión que hace de su tesorería también es espectacular. Renuncia a ir cobrando poco a poco cada semana para hacer frente a sus gastos, porque no lo necesita.

Aun así, lo más impresionante es su capacidad de ahorro: un mínimo de 500 euros al mes, que es la cantidad que envía a su país regularmente.

Me imagino que Martha debe de ganar menos de 1.500 euros al mes, una vez descontada la Seguridad Social. Esto quiere decir que ahorra más del 33% de lo que gana. ¿Cuánta gente puede decir lo mismo?

“No quiero perder el control de mi dinero”, esta es la frase de Martha que lo resume todo. Porque con el dinero difícilmente hay un punto medio: o lo controlas tú o te controla él.